jueves, 28 de mayo de 2020

CLASE 3. KANT



Immanuel Kant (1724-1804)


Fue uno de los filósofos europeos más importantes desde la antigüedad; muchos dirían simplemente que es el más importante. Llevó una vida extraordinariamente tranquila en la alejada ciudad prusiana de Königsberg (hoy Kaliningrado en Rusia), y publicó una serie de obras importantes en sus últimos años. Sus escritos sobre ética se caracterizan por un incondicional compromiso con la libertad humana, con la dignidad del hombre y con la concepción de que la obligación moral no deriva ni de Dios, ni de las autoridades y comunidades humanas ni de las preferencias o deseos de los agentes humanos, sino de la razón.

En la filosofía anterior a Kant se aceptaba la realidad de un sujeto que conoce y de otra, ajena a él, que es conocida. Kant sitúa al ser humano en el centro y dice que ese sujeto que conoce lo hace de manera activa y que, de alguna manera, filtra y modifica la realidad que está conociendo.
 La filosofía es la respuesta. Tras iniciarse en el conocimiento del mundo gracias a su interés por la física, Kant se consagró a la filosofía en todas sus facetas: a su enseñanza, su revisión y crítica, su incesante cultivo. Pero ¿qué fue para él la filosofía? ¡Todo!, sería una respuesta simplista, pero verdadera. Para Kant, la filosofía engloba la relación de todos los acontecimientos con los fines esenciales a los que tiende la razón humana. De ese modo se distinguen tres apartados, tres preguntas cuya respuesta es la misma: la filosofía.

  •  ¿Qué puedo conocer? La filosofía establece los límites y los principios que hacen posible un conocimiento científico de todo lo que existe, de los seres físicos y de la naturaleza.
  • ¿Qué debo hacer? La filosofía determina los principios de las acciones del hombre y las condiciones de su libertad.
  • ¿Qué puedo esperar? A la filosofía corresponde delinear el destino del ser humano y evaluar las condiciones y posibilidades de su realización.
A cada una de las tres preguntas, Kant dedicó una de sus obras capitales. A la primera, la Crítica de la razón pura; a la segunda, la Crítica de la razón práctica; a la última, la Crítica del juicio. A la respuesta, a la filosofía, le entregó su vida entera.


ÉTICA KANTIANA

La ética kantiana es una teoría ética deontológica (tratado o disciplina que se centra en el análisis de los deberes y de los valores regidos por la moral) formulada por el filósofo Immanuel Kant. Central a la construcción kantiana de la ley moral es el imperativo categórico, que actúa sobre todas las personas, sin importar sus intereses o deseos. Kant lo formuló de varias maneras.
El acto moral: Los actos, según Kant, no son ni buenos ni malos; bueno o malo es sólo el sujeto que los realiza. Si un individuo actúa por temor y no por respeto al deber implícito en la ley moral, sus acciones no serán morales.

La cuestión central en torno a la cual dispone Kant su doctrina ética es la de «¿qué debo hacer?» El filósofo intenta identificar los principios fundamentales de acción, que debemos adoptar. Su respuesta se formula sin referencia alguna a una concepción supuestamente objetiva del bien para el hombre. El propósito central de Kant es concebir los principios de la ética según procedimientos racionales.
 Kant habla de la acción que tendría que hacer alguien que tuviese una máxima moralmente válida como una acción «de conformidad con el deber». Esta acción es obligatoria y su omisión está prohibida.

En vez de suponer una formulación determinada del bien, y de utilizarla como base para determinar lo que debemos hacer, utiliza una formulación de los principios éticos para determinar en qué consiste tener una buena voluntad. Sólo se plantea una cuestión más bien mínima, a saber: ¿qué máximas o principios fundamentales podría adoptar una pluralidad de personas sin suponer nada específico sobre los deseos de las personas o sus relaciones sociales? Han de rechazarse los principios que no puedan servir para una pluralidad de personas: la idea es que el principio moral tiene que ser un principio para todos. La moralidad comienza con el rechazo de los principios no universalizables. Esta idea se formula como una exigencia, que Kant denomina «el imperativo categórico», o en términos más generales la Ley moral. Su versión más conocida dice así: «obra sólo según la máxima que al mismo tiempo puedas querer se convierta una ley universal», lo cual significa que sólo obramos moralmente cuando podemos querer que el principio de nuestro querer se convierta en ley válida para todos. Esta es la clave de la ética de Kant, y se utiliza para clasificar las máximas que pueden adoptar las personas..


2020. clase 3 Actividad (en grupo de whatsapp) Dilema moral 

Si Dios ha muerto o nunca ha existido, como afirma Friedrich Nietzsche y como sostiene Iván Karamazov, tendremos que ser responsables de nuestros propios actos. No podremos orientar nuestro comportamiento en pos de una vida en el más allá, donde seremos gratificados por nuestra buena conducta o castigados por nuestros pecados.

Los escritos sobre ética de Kant se caracterizan por un incondicional compromiso con la libertad humana, con la dignidad del hombre y con la concepción de que la obligación moral no deriva ni de Dios, ni de las autoridades y comunidades humanas ni de las preferencias o deseos de los agentes humanos, sino de la razón. El filósofo nos habla de un obrar moralmente bueno e intenta identificar los principios fundamentales de acción, que debemos adoptar y éstos deben ser válidos para todos, lo cual significa que sólo obramos moralmente cuando podemos querer que el principio de nuestro querer se convierta en ley válida para todos.

En resumen, Kant lo que dice es que nuestro accionar debe ser conforme al deber, sin importar las consecuencias de las mismas. Nosotros debemos actuar moralmente bien, esto significa que no tenemos que actuar pensando en las consecuencias. Y nuestra acción debe ser una acción válida para todos y en todas las circunstancias, es decir, que no podemos elegir cuando actuar de una manera o de otra según la circunstancia, sino que NUESTRA ACCIÓN SIEMPRE DEBE SER MORALMENTE BUENA.
A pesar de que Kant evita en buena medida hablar de lo bueno y lo malo, él entiende que existe algo absolutamente bueno: lo bueno incondicionado. Esto es la buena voluntad, el deseo de hacer siempre las cosas rectamente, no sólo conforme a la ley moral sino por respeto a la misma.

Kant se opone a toda ética que valore los actos por sus fines
 Lo que importa no es el fin de los actos ni los resultados concretos. Lo único que importa es el querer, es decir, la intención del acto. Y la única intención que hace que un acto sea bueno es la intención de cumplir el deber.
Sólo es buena la conducta que se realiza por deber. No importa la utilidad de esa conducta o si logra algún resultado.

jueves, 21 de mayo de 2020

2020 SEGUNDA CLASE 21 DE MAYO. 
PENSAMIENTO COTIDIANO, CIENTÍFICO Y FILOSÓFICO



1. El origen de la filosofía

La filosofía nació en Grecia en el siglo VI a.c. aproximadamente con la finalidad de sustituir las explicaciones míticas de los fenómenos naturales por explicaciones racionales. Por este motivo, al origen de la filosofía se le conoce como el paso del mito al logos, ya que el pensamiento mítico comenzó a ser sustituido por un pensamiento que, en vez de las creencias, utilizaba nuestra mejor facultad: la razón.

 Tipos de saberes:

A. El mito y la magia

¿Qué son los mitos? Son relatos tradicionales, normalmente orales, que contienen hechos fantásticos y personajes fabulosos como dioses, semidioses, héroes y otros seres con poderes sobrenaturales o excepcionales con los que los pueblos antiguos trataban de dar explicación a hechos y fenómenos que no podían comprender, tales como el rayo y el trueno, los terremotos o la creación del universo.


B. El saber racional

Existen diversos tipos de saberes, pero al menos podemos hablar de tres: el «saber vulgar» (el sentido común), el «saber científico» y el «saber filosófico». Estos tres saberes están al alcance de cualquier persona, ya que son capacidades naturales de la inteligencia humana. No se excluyen entre sí y pueden ser complementarios.

 Saber vulgar o sentido común. Nos enseña cómo se nos presentan las cosas, por ejemplo, que el fuego quema, el agua moja... Todo ser humano dispone de un conocimiento ordinario, no reflexivo, por el ejercicio espontáneo de la razón: el sentido común. Se compone de certezas comunes a todos, hasta el punto de que nadie carece de ellas ni puede prescindir de ellas a la hora de razonar. Esta clase de saber está mezclado con prejuicios y es conformista y acrítico, pero ayuda a recoger aspectos muy significativos de la cultura de diferentes pueblos. Estos aspectos sirven de base para otros saberes más rigurosos; este conocimiento es importante, aunque no haya de tenerse por definitivo y completo.
 
Saber científico. Indaga y manifiesta las causas inmediatas de las cosas que caen bajo nuestro radio de observación y experimentación. Es un conocimiento más profundo: en el caso del agua diríamos que es un elemento compuesto de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno. La ciencia es un saber descriptivo que nos dice cómo son las cosas y, dependiendo de los contenidos y los fenómenos que estudian, se distinguen unas de otras. Así, la medicina se ocupa de la salud del cuerpo; la psicología, de la mente y de sus manifestaciones en la conducta del ser humano; la ecología, del orden que hay o debe haber entre los organismos vivos y el medio ambiente; la geología, de la estructura de la que está compuesta la Tierra, etc. En definitiva, esta clase de saber es sectorial, ya que se ocupa de parcelas de la realidad, progresa y nos aporta información, es experimental, intersubjetivo, crítico y útil en determinados aspectos vitales para el desarrollo humano.

 Saber filosófico. Nos acerca al conocimiento de las últimas causas de la realidad. La filosofía se remonta a los principios primeros o causas últimas de la realidad. El saber filosófico es lo que se llama una cosmovisión, es decir, una visión integradora de la realidad al completo, en lugar de parcelar el conocimiento en trozos como hacen las ciencias particulares, la filosofía trata de llegar a la raíz de la realidad, acudir a lo que está más allá de lo evidente para entender sus causas. Aristóteles dejó constancia al comienzo de su Metafísica de que toda persona, por su propia naturaleza, desea saber. Por curiosidad, el ser humano busca una explicación racional del mundo que lo rodea, busca entenderse a sí mismo y comprender a sus semejantes.


2. El saber filosófico y sus características diferenciadoras

La palabra filosofía procede del griego, y su significado original es, como ya hemos señalado, el de «amor a la sabiduría». La filosofía es, por tanto, un tipo de saber o una aspiración al saber. La razón por la que se prefiere definirla como un saber y no como un tipo de conocimiento es que la filosofía no puede limitarse a conocer, si por conocer se entiende explicar o comprender lo que hay, lo que se presenta ante nuestros sentidos. Además, la filosofía hace propuestas sobre lo que hay más allá de lo que observamos; por ejemplo, cómo ser capaces de llevar una buena vida. La filosofía es el más antiguo de los saberes y de ella se desprendieron luego los saberes particulares. Al inicio, ciencias como las matemáticas o la física no estaban bien diferenciadas y formaban parte de la filosofía. Tanto es así que Platón insistía en que «nadie que no sepa matemáticas entre en la Academia». De manera que, en su origen, la filosofía, el amor por el saber, incluía todo tipo de saberes sin discriminar.


 Características del saber filosófico 


Es un saber…
 Porque…
Ejemplo…
Reflexivo
Se acerca a la realidad y a la verdad, a través de nuestras capacidades racionales, en busca de soluciones a los problemas que preocupan al ser humano. La filosofía trata de convencer contrastando argumentos y no compartiendo emociones
Como persona, pienso y descubro mis capacidades más destacadas. Es un «saber hacer».

Abierto
Considera que muchas de sus propuestas son un proceso abierto y no definitivo a la verdad.

Soy una persona abierta al mundo que me rodea. Tengo muchas alternativas de realización, no solo una
Racional
Busca respuestas que se adapten al entendimiento humano.
Yo, ser individual, razono, aporto argumentos para convencer a mis semejantes.

Global
Es integrador y unitario, frente a la ciencia, que es más bien un saber parcial, sectorial y especializado.

Soy capaz de pensar en un ser en abstracto, al margen de un ser en concreto, que estudian otros saberes.

Radical
Trata de acercarse a lo más esencial en cuestiones difíciles, tales como el sentido de la existencia humana y la libertad, el problema del bien y del mal, etc.
Pienso en las diferencias entre el bien y el mal con el fin de adaptar mi comportamiento según esta reflexión.

Práctico
Trata de orientar la acción humana, de alguna manera, a partir de una serie de principios. Se manifiesta en la filosofía ética de forma individual, y en la filosofía política, en un plano colectivo.

Procuro ser responsable a medida que los que me rodean me permiten ser libre.

Sistemático
Trata de ordenar los distintos ámbitos de la realidad y de la experiencia humana.
Puedo utilizar un sistema de razonamiento empirista.

Crítico
 Refleja y analiza la mentalidad de una época. Muestra, por tanto, un cierto rechazo a los dogmatismos, las verdades y las creencias que impone la sociedad y que se admiten de forma automática e inconsciente. La filosofía está, por tanto, al alcance de las mujeres y los hombres que estén en disposición de realizar el esfuerzo de pensar desde sí mismos, de argumentar y de razonar
Puedo analizar por mí mismo las propuestas electorales de un partido político y descubrir sus falsas promesas.


A través de la capacidad crítica que inspira a la filosofía se han mostrado los límites de las teorías científicas, se han presentado los problemas que puede generar un mal uso de la tecnología en relación con el planeta (cambio climático) y con el ser humano, se ha cuestionado el abuso de poder político y el afán de control social, y se han señalado los propios errores y carencias mediante la autocrítica.



Actividad Nro. 2
Fecha de presentación 27 de mayo

Después de todo lo leído,  te solicito que busques en los medios de comunicación, redes sociales, o en tu vida cotidiana un ejemplo de cada uno de estos saberes o conocimientos, pero con respecto a un tema de actualidad como es el de Coronavirus COVID 19.
Debes poder identificarlos, transcribirlos y escribir una conclusión.

Por ejemplo:

 Bolsonaro, el actual presidente de Brasil dijo en los medios de comunicación  que si tuviera coronavirus sería como una "gripecita" o un "resfriadito. (explicar 
estos dichos de Bolsonaro en base a qué pensamiento o conocimiento fueron realizados. ¿pensamiento vulgar?¿científico? ¿o filosófico? ¿por qué?

Otro Ejemplo:

En declaraciones a radio Mitre,Gines González García actual ministro de salud, explicó que “una pandemia de esta magnitud se termina con un aislamiento social muy duro, por un largo tiempo, o con una vacuna”, y que, por ahora, solo queda aplicar la cuarentena.(las mismas preguntas para analizar esta declaración del ministro).

domingo, 10 de mayo de 2020

BIENVENIDA

2020 

BIENVENIDOS A ESTE ESPACIO EN DONDE PODRÁN ENCONTRAR LOS TEXTOS PARA TRABAJAR EN CADA UNA DE LAS CLASES  Y LAS ACTIVIDADES, TAMBIÉN PODRÁN DEJAR SUS COMENTARIOS.
Repensar la educación en tiempos de pandemia - UNIDIVERSIDAD


CLASE NRO 1      14 DE MAYO 2020

Como nos dice Córdova, resulta una tarea apasionante y a la vez muy audaz la de intentar presentar el saber filosófico –que es el amor a la verdad, a la sabiduría–  a alguien que por primera vez se acerca a él. Es una tarea muy difícil, porque se trata de transmitir la experiencia de encontrarse con la verdad. Y esto es algo que siempre parece insuficiente, aunque se intente buscar la manera de hacerlo entendible tal como realmente es.
 Con todo, lo que sucede con la experiencia filosófica es que tiene que ser personal. El encuentro con la verdad es todo un acontecimiento. Por eso, lo que seguramente es mejor en estos casos, es poner a los alumnos en condiciones de ejercer la actividad filosófica, de la misma manera como a nadar se aprende nadando. Esa actividad o ejercicio filosófico se despliega en el enfrentamiento con los grandes problemas filosóficos. Se trata entonces de animarse a dar el primer paso para pensar filosóficamente la realidad, de manera que se puedan descubrir sus más profundos secretos; y después, sostener la actividad y seguir abriéndose nuevos horizontes para continuar planteándonos las preguntas claves de los grandes filósofos y tratando de contestarlas.

La palabra filosofía, etimológicamente está compuesta de dos vocablos: filo–sophía.
 El término filo: significa amor y sophía, sabiduría. De ahí que filosofía sea: amor a la sabiduría




ORIGEN DE LA FILOSOFÍA
INTRODUCCIÓN

"La filosofía es el amor a la verdad, la búsqueda de la verdad. La filosofía se ocupa de la verdad de modo global, sin restricciones. Lleva consigo una actitud sin la cual el amor a la verdad no aparecería o estaría conmocionado por otros intereses; el amor a la verdad tiene que ser sincero, auténtico. 
Los filósofos clásicos consideraron que la admiración despierta la filosofía. La admiración tiene que ver con la ingenuidad: el filósofo se admira sin condiciones ni resabios. Con todo, la filosofía no es tan antigua como la humanidad, sino que surge de modo abrupto: en un momento determinado se desató la admiración en algunos hombres. La admiración no es la posesión de la verdad, sino su inicio. El que no admira, no se pone en marcha, no sale al encuentro de la verdad. 

   Hay entonces como una incitación. La admiración tiene que ver con el asombro, con la apreciación de la novedad: el origen de la filosofía es algo así como un estreno. A ese estreno se añade el ponerse a investigar aquello que la admiración presenta como todavía no sabido.




1. Orígenes y Comienzo del filosofar
Karl Jaspers.

Pensar en qué es lo que llevó o lleva a los seres humanos a la filosofía, a filosofar es buscar los orígenes. Desde este punto de vista, origen no es igual a “comienzo del filosofar”.
Cuando decimos “comienzo” nos referimos al momento histórico en que los seres humanos comenzaron a filosofar, en el siglo VII a.C. con el filósofo Tales de Mileto (reconocido como el primero del cual se tiene conocimiento por sus reflexiones puramente racionales, sin referencias a cuestiones religiosas o mitológicas). En cambio “origen” es la raíz o situación que nos mueve a filosofar. Este es el planteo que hace Karl Jaspers en su libro “La filosofía”.
En su libro Jaspers distingue tres orígenes o situaciones en que el hombre se encuentra y surgen preguntas, es decir, interrogantes filosóficos:

  • ·         EL ASOMBRO
  • ·         LA DUDA
  • ·         LAS SITUACIONES LÍMITE

EL ASOMBRO:
Es admirarse, sorprenderse, extrañarse frente a aquello que transcurre rutinariamente frente a nosotros, transformando la mirada de las cosas de todos los días. Por ejemplo, nos preguntamos sobre la realidad, cuál es su origen, cuál será su final, entre otras preguntas. Al hacernos estos interrogantes estamos filosofando. Para los filósofos antiguos como Platón o Aristóteles, la filosofía tenía su origen en la admiración, y requería de un tiempo de “contemplación” frente al mundo. Podemos relacionar esta actitud con los niños en su primera infancia, al surgir el lenguaje, sus preguntas remiten al origen del mundo.
LA DUDA:
Al dudar se deja de afirmar o negar. En el cada día, debemos tomar decisiones que precisan que afirmemos o neguemos rápidamente; pero, en algunos momentos, aquello que “creíamos” sin dudar, esas creencias rotundas se transforman en una verdadera incógnita, dudamos frente a ellas y en este caso nos encontramos en el segundo origen del que habla Jaspers. Dentro de la historia de la filosofía, estos planteos relacionados con la duda nos remiten a problemas sobre la validez del conocimiento que surgieron especialmente en la edad moderna con el filósofo francés Rene Descartes en el siglo XVII. Esta actitud se puede llevar a la adolescencia, cuando los jóvenes ponen en duda las enseñanzas transmitidas en el seno de la familia o en el ámbito escolar, y todo aquello que remita a aceptar una verdad por el principio de autoridad.
LAS SITUACIONES LÍMITE:
Durante las situaciones límite el sujeto se encuentro inmerso en posiciones que no puede evitar como la muerte, el dolor, la ausencia, injusticias, etc. En estos casos, cada uno de nosotros tomamos conciencia de nuestra “finitud”, de nuestras limitaciones transformándose en el tercer origen del filosofar.
En estos momentos, los seres humanos nos preguntamos por nuestra propia existencia que de ninguna manera trata el conocimiento científico que justamente intenta ser de tipo “impersonal” u “objetivo”. En este caso, podríamos relacionar estas situaciones con diferentes momentos de la vida en los cuales nos enfrentamos a la pérdida de un ser querido, al abandono, la impotencia frente a las guerras donde pierden las vidas inocentes, o la conciencia que no somos eternos desde pequeños hasta la edad adulta.
 Estas temáticas han sido tratadas especialmente por las filosofías “existenciales” que surgieron en el siglo XX, con exponentes como el mismo Jaspers de origen alemán, Sartre o Heidegger, entre los más conocidos.

Actividad 1. 

Fecha de entrega: hasta el 20 de mayo a las 14 hs.
A partir de la lectura comprensiva del fragmento del texto de Jaspers responder:

a)      ¿Por qué el autor habla de origen y de comienzo de la filosofía? Explicar.

b)      ¿cuál es el origen de la filosofía? Desarrollar



jueves, 25 de octubre de 2018

CLASE 12. EL CONOCIMIENTO

EL CONOCIMIENTO

Empirismo y racionalismo son dos corrientes filosóficas opuestas. Ambas intentan explicar el origen del conocimiento humano. Por un lado, el racionalismo defiende a la razón frente a todo. Dice que solo mediante el raciocinio humano se alcanza el conocimiento. Por otro lado, el empirismo defiende a la experiencia como la base de todo conocimiento.
Tabla de comparación
Racionalismo
Empirismo
Lugar y fecha de origen
El racionalismo se creó y desarrolló en Europa (continental), entre los siglos XVII y XVIII.
El empirismo se desarrolló alrededor de los mismos siglos que el racionalismo, pero en el Reino Unido.
Introducción
Esta corriente filosófica fue en principio propuesta por René Descartes. Se considera que teóricamente complementa al criticismo de Kant. Esta corriente filosófica le da un papel crítico y central a la razón en el proceso de adquirir conocimiento
Por otro lado, en 1689, John Locke escribió su Ensayo sobre el Entendimiento Humano, como respuesta a Descartes y el racionalismo. En este, dice que el conocimiento humano solo llega después de la experiencia.
Desarrollo
De acuerdo con Descartes, solo mediante la razón se puede tener acceso a muchas verdades universales. La razón, junto con el acceso a estas verdades sería innato, de acuerdo con él. El racionalismo puede ser adaptado a varias otras materias, como la ética, la epistemología y muchas otras.
Se considera que la experiencia tiene un papel central dentro de la adquisición del conocimiento. La mente humana es una hoja en blanco, lista para escribir las experiencias que se viven, las cuales son resultado de las sensaciones humanas.
Principios
  • Debe existir confianza plena en la razón humana.
  • Está a favor de las ciencias exactas, y por encima de todas, las matemáticas.
  • Se debe confiar en la razón como base de las creencias.
  • Método deductivo
  • La sensación y la reflexión son las dos fuentes de las ideas humanas.
  • La razón claro que interviene en el conocimiento. Sin embargo, la razón está limitada de acuerdo a la experiencia.
  • Método experimental e inductivo.
Principales exponentes
René Descartes, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz, Blaise Pascal, entre otros.
John Locke, David Hume, George Berkeley, entre otros.
El Conocimiento
 El conocimiento es lo que pensamos que son las cosas, la relación entre sujeto y objeto que se aproxima a lo que es la realidad. No es la realidad misma, es un acercamiento a ella, condición que hace que el conocimiento se distinga de la verdad.
La realidad tal vez nunca la podremos abarcar en su totalidad, porque nuestro conocimiento no es absoluto ni perfecto y pueden existir muchas cosas que aún no conocemos que están más allá de nuestros sentidos y de los instrumentos más sofisticados que haya construido el hombre.
Tal vez la verdad no esté nunca a nuestro alcance, no lo sabemos, sin embargo, la naturaleza del hombre no le permitirá renunciar jamás a la búsqueda.
Por ahora sólo podemos tener conocimiento mediático, a través de nuestros sentidos, de nuestra razón y de nuestras teorías, un conocimiento contaminado por nuestra manera de ver el mundo, nuestra mente, nuestro espíritu, nuestra cultura; porque todo pensamiento humano es subjetivo, limitado y no se corresponde en forma absoluta con la inimaginable y compleja realidad.
Según Kant, las cosas sólo podemos pensarlas con las formas de nuestro entendimiento. Las cosas son para nosotros, lo que entendemos con nuestra percepción, nuestro cerebro, nuestro espíritu, no podemos saber cómo son en sí mismas porque no tenemos acceso directo a ellas ni podemos tener conocimiento de la totalidad. Ni siquiera el conocimiento científico es absolutamente objetivo.
Por lo tanto, conocimiento y verdad son dos conceptos muy diferentes, pero están relacionados, o sea tienen que ver con la verdad, el conocimiento no es una mera creencia u opinión. El conocimiento se va profundizando a través del tiempo y se va acercando un poco más a la verdad.
Hay conocimientos que son indiscutibles como el de Newton y Einstein, pero ninguna ciencia es definitiva. Las teorías científicas que son confrontadas con la experiencia van sustituyendo a las que no logran hacerlo, de esa manera la ciencia progresa. No obstante, no hay que confundir conocimiento con ciencia.
El progreso de la ciencia confirma tanto su relatividad como su verdad por lo menos parcial. Una ciencia absoluta ya no podría avanzar.
Existen verdades de la realidad que no son científicas basadas en la percepción y la experiencia, como por ejemplo los testimonios en que se basa la justicia y sin estas verdades la justicia no podría existir; y también hay teorías científicas que al tratar de demostrarlas no resultan verdaderas. Lo único que parece verdadero es que no hay certezas.
Pascal dice que, aunque haya demostraciones verdaderas pueden ser inciertas, pero aún ante la incertidumbre, vale la pena continuar buscando la verdad, ya que no todo es incierto porque si no hubiera nada verdadero, se podría afirmar cualquier cosa y no se podría pensar absolutamente nada.
Si no hubiera nada verdadero ni falso no se podría distinguir el conocimiento de la ignorancia, la sinceridad de la mentira y no tendrían sentido ni la ciencia ni la moral ni la democracia; y todo estaria permitido; porque si se puede pensar cualquier cosa se puede hacer cualquier cosa y eso sería la barbarie.
Todo conocimiento es una lección de moral y probablemente por esta razón nunca dejaremos de buscar, porque tal vez nunca conoceremos todo, pero esa búsqueda siempre nos llevará a algún tipo de conocimiento.
El conocimiento se encuentra entre el saber absoluto y la ignorancia absoluta, pero sirve para el progreso de los conocimientos.

BIBLIOGRAFÍA CLASE10


Primera Parte

EL HOMBRE

1. LA CUESTIÓN ANTROPOLÓGICA

A pesar de que el tema del hombre ha constituido una preocupación constante de la filosofía occidental desde sus comienzos, no es hasta fines del siglo pasado y principios del presente que toma una posición preeminente en la especulación filosófica. Es precisamente la sección de este período que se extiende al siglo xx la que trata de reflejar la Primera Parte de la presente Antología, dando una visión general de cómo se incorpora la problemática antropológica entre los filósofos latinoamericanos.

La característica más sobresaliente del tema del hombre tal como se presenta en la América latina es su pluralidad problemática. En contraste con la precisión y limitación con que se plantea el problema del valor , que se centra en el conflicto entre el objetivismo y el subjetivismo axiológicos, el tema del hombre se encara en una problemática compleja y multifacética. Los positivistas de principio de siglo se preocupan por una descripción psicológica del hombre en un intento de resolver el problema de la dualidad fenoménica cuerpo-mente (Varona, Ingenieros); los neoescolásticos (Amoroso Lima) concentran sus esfuerzos en la investigación de su esencia universal y eterna; los pensadores que siguen al vitalismo de Bergson (Caso, Vasconcelos, Farias Brito) y las nuevas corrientes germanas (Ramos, Romero, Reale) tratan de plasmar una nueva interpretación de lo intrínsecamente humano; y al mismo tiempo los existencialistas (Astrada, Ferreira da Silva) niegan toda posibilidad de definición esencial, mostrándose partidarios de un humanismo existencial. 
Este pluralismo no es más que la reflexión del multifacetismo que toma la cuestión en la discusión antropológica europea, de la influencia de la cual la América latina todavía no se ha liberado completamente, y que es, a su vez, producto de la ambigüedad innata en la pregunta que la especulación antropológica trata de responder: ¿Qué es el hombre?
La forma en que se interprete esta pregunta y su contexto determinan hasta cierto punto el carácter de la respuesta que se le dé, pues en ella están latentes cuatro cuestiones diferentes: el problema ontológico de la condición del hombre, el problema metafísico de su esencia, el problema epistemo-lógico de su definición y el problema cosmo-ético de su posición con respecto al resto del universo. Distintas corrientes filosóficas han encauzado sus respectivas respuestas de acuerdo con patrones en parte predeterminados por el contexto conceptual particular en que la pregunta se ha enmarcado. Tanto la escolástica, colonial o contemporánea, como el positivismo latinoamericano, mezcla de naturalismo, comtismo y cientifismo, y las perspectivas más tradicionales han mantenido, aunque por motivos muy diferentes, una perspectiva en que la discusión de la condición ontológica del hombre permanece en el centro de la problemática antropológica. Las corrientes marxista y existencialista, por el contrario, se han entregado en un esfuerzo prolijo, aunque con intenciones negativas, al esclarecimiento del problema metafísico de la esencia del hombre, mientras que el vitalismo de origen francés y el espiritualismo de corte germano, tan populares en nuestro continente, han encaminado sus esfuerzos principales a la reinterpretación del contenido específico que separa al hombre del resto del universo. Finalmente, todos han tomado particular empeño en mostrar las consecuencias cosmo-éticas de sus respectivas soluciones, anunciando la nueva era de un genuino humanismo.
Cabe notar, sin embargo, que, a pesar de las preferencias a encarar y contestar la cuestión antropológica en diferentes terrenos, casi todas las corrientes filosóficas han ofrecido alternativas en los otros niveles. Cada una de ellas presenta un campo de investigación más concentrado con incursiones menos profundas y fructíferas en los circundantes. Todas las respuestas contienen, explícita o implícitamente, dimensiones ontológicas, metafísicas, epistemo-lógicas y cosmo-éticas, aunque generalmente una de ellas descuella y domina como centro de gravedad temática.
La capacidad para reconocer la posición de cada uno de estos aspectos del problema humano con respecto a los otros, así como sus interrelaciones y dependencias, nos da el criterio para determinar la originalidad y valor de la contribución de una corriente filosófica o pensador particular a la cuestión antropológica. Cuanto más restringida la temática, más restringida es la contribución y menos valiosa se vuelve la solución ofrecida. Por el contrario, cuanto más se distinguen estos aspectos, notando al mismo tiempo sus relaciones, más profunda e imperecedera es la teoría.


11. ASPECTOS DE LA CUESTIÓN

El requisito indispensable de toda antropología, como ha notado Frondizi en su Introducción a El yo como estructura dinámica 1, es una teoría del yo, o sea, según la terminología adoptada aquí, una solución al problema de la existencia y naturaleza ontológica del núcleo consciente del ser humano. Todos los grandes filósofos se han dado cuenta de la importancia de una ontología del yo, comenzando la discusión antropológica en este punto (Aristóteles, Descartes, Hume, etc.) Cuando preguntamos, ¿qué es el hombre?, nuestra respuesta ha de empezar con un examen del tipo de ser que el hombre es, y en particular aquella realidad que constituye la raíz de su distinción con el resto de la naturaleza: el yo. Esta investigación no tiene por fin separar al hombre del resto de los seres del universo, pues no se busca a este nivel la diferencia específica que lo distingue dentro de un género más amplio. La última pesquisa forma lo que hemos llamado aquí el aspecto epistemo-lógico de la cuestión, al que haremos referencia en breve. Lo que se busca en este nivel es solamente clasificar al hombre y, particularmente, su yo dentro de las categorías ontológicas de la realidad. Se pregunta si existe y cómo existe, no propiamente qué es.
En la América latina el tema del hombre se inicia con este problema y su solución positivista, que en la expresión más cruda considera al yo como un epifenómeno de lo físico. Con el desmoronamiento del positivismo y la reacción vitalo-espiritualista a partir de la segunda década del siglo, se suceden las teorías sobre este particular. En su gran mayoría éstas marcan un retorno parcial a una concepción ontológica autónoma del yo en que se le conceden parte de los atributos que había perdido gracias al cientifismo ochocentista, aunque no se regresa al substancialismo, excepto dentro de la corriente neoescolástica. Las nuevas teorías usan la terminología dinámica de función, actividad y estructura.
Al problema ontológico del hombre le sigue en importancia la investigación de su esencia. Esta cuestión tiene a su vez dos aspectos claramente diferenciables entre sí que imponen exigencias propias a la respuesta que se dé a la pregunta antropológica. Aunque ya no se interpreta el qué es del hombre como un si es o cómo es, sino en el sentido propio de la pregunta que se responde con la definición
 Frondizi, EZ yo como estructura dinámica, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1970, p. 11.
de la esencia, este qué es se desdobla en un momento prolegoménico inicial en que se investiga si el hombre tiene alguna esencia para después definir e interpretar cuál es ésta. El primero corresponde a lo que hemos llamado el aspecto metafísico de la cuestión y el segundo al epistemo-lógico. El problema metafísico es similar al de la condición ontológica del hombre que vimos anteriormente, pero en este caso se refiere a una realidad abstracta y no concreta. Por esto lo llamamos metafísico y no ontológico.
Como es de esperarse, esta cuestión sigue un desarrollo paralelo al de la cuestión ontológica en la historia de la filosofía occidental. Comienza con la perspectiva eminentemente esencialista de los griegos, en que el hombre particular y mutable se subordina a su esencia, universal e inmutable. Esta posición extrema que toma la filosofía occidental en su etapa inicial va degenerando en proporción inversa a la medida en que se cobra conciencia de la realidad de lo concreto, de la existencia. La doctrina que le da el golpe de gracia es la identificación, de origen hegeliano, de la esencia del hombre con su actividad. Gracias a ella es posible concluir que la esencia del hombre no es algo dado, universal e inmutable, sino algo que depende de lo que el hombre hace: lo que el hombre es depende de su actividad. En resumen, el hombre se crea a sí mismo. Sin embargo, en el siglo XIX la identificación hombre-actividad no es total y, por lo tanto, su esencia no queda completamente indeterminada. El homo faber del ochocientos tiene una esencia todavía, una esencia sí, incompleta y dependiente de un tipo particular de actividad (el trabajo en Marx, la libido en Freud, etc.), pero de todos modos una esencia. Sólo en el existencialismo del siglo xx se cierra el ciclo de erosión en un inesencialismo radical que niega al hombre toda esencia, identificándolo completamente con su existencia.
Todas estas corrientes llegan y se mezclan en la América latina, llevando el pensamiento del continente ibero hacia una concepción de la esencia antropológica como dinámica, activa. Se antepone el hombre concreto al abstracto y se concibe su esencia como abierta hacia el futuro. Sin embargo, han sido muy pocos pensadores, aun entre los influidos por el existencialismo (quizá Astrada sea el único), que han ido tan lejos como para negarle por completo la esencia al hombre. La tendencia general es de dinamizar la esencia, no de abolirla.
Examinando el problema de si el hombre tiene esencia llegamos al tercero de los aspectos que forman el núcleo de la cuestión antropológica, donde la pregunta qué es se convierte en cuál es, señalando propiamente la búsqueda de contenido en la definición del hombre.
Se ha llamado a este aspecto del problema humano la cuestión epistemo-lógica porque contiene a su vez dos aspectos correlativos: el problema propiamente lógico de clasificación a través de género y diferencia que plasma la definición específica del hombre, separándolo de otros seres, y el problema epistémico de la interpretación de tal definición. Por ejemplo, en el caso de aceptar la definición aristotélica del hombre como animal racional, el primer aspecto consiste precisamente en establecer tal definición, mientras que el segundo se refiere a la interpretación de lo que significa la racionalidad que distingue al hombre de sus congéneres, los animales. La solución de esta doble cuestión es la que propiamente resuelve el problema del hombre, aunque sólo lo logra si se han resuelto previamente las dos cuestiones prolegoménicas que la han antecedido aquí. Por esta razón este tercer aspecto de la cuestión ha cobrado especial importancia en la filosofía contemporánea, en menoscabo a veces de los otros. La búsqueda de la diferencia específica que marca lo humano se usó en particular en la América latina como una manera efectiva de combatir la posición cientifista del positivismo corriente durante fines del siglo pasado y principios del presente que reducía el hombre a lo puramente fisiológico, destruyendo toda distinción cualitativa entre lo humano y lo no humano.

La gran mayoría de los filósofos latinoamericanos han concentrado sus esfuerzos antropológicos en este problema, siguiendo el ejemplo de muchos europeos como Scheler (El puesto del hombre en el cosmos, 1928) y Cassirer (Antropología filosófica, 1944). Debido a esto se han descuidado los problemas ontológicos y metafísicos del hombre con consecuencias funestas para la claridad y valor de algunas teorías antropológicas producidas en nuestro continente.
El descuido no ha sido, sin embargo, la característica del último aspecto de la cuestión humana, el problema de la posición cosmoética del hombre. Todos los pensadores latinoamericanos que han tratado substancialmente las cuestiones antropológicas han examinado también, con rarísimas excepciones, la posición que ocupa el hombre en el universo y las consecuencias para su vida moral, social y política que se derivan de ella. Esta preocupación es especialmente evidente entre pensadores comprometidos a una ideología práctica, como los marxistas, siendo quizá producto directo de la situación crítica que enfrenta la América latina en el presente siglo.
Este aspecto de la cuestión es sencillamente el problema del humanismo, o sea, la interpretación de lo humano en relación con lo no-humano. La pregunta, ¿qué es el hombre?, se convierte en la perspectiva de esta problemática en qué lugar y qué relación. La inclusión de los elementos cósmico y teleológico la hace secundaria a la cuestión esencial, que es, en última instancia, la que determinará en mayor o menor grado el cauce que seguirá su respuesta. Si las cuestiones ontológica y metafísica han de ser resueltas antes de la epistemo-lógica y, por lo tanto, mantienen una prioridad formal sobre ella, la cuestión cosmo-ética es su consecuente. Lo que está contenido en la última no es el enmarcamiento onto-metafísico del hombre ni su interpretación definitiva, sino el problema de las consecuencias cosmológicas y éticas de la solución que se dé a tales problemas.
En esto siguen también los latinoamericanos una tendencia de la filosofía occidental, ampliamente ejemplificada en su historia. Por su relevancia inmediata, el filósofo de occidente le ha dado siempre gran importancia a esta cuestión. Los griegos comienzan a tratar efectivamente el problema cuando sitúan al hombre como centro cosmológico y ético del universo. Pero el humanismo clásico no se repite integralmente en la historia de la filosofía occidental, ni siquiera en el Renacimiento. Con la muerte de la cultura griega el hombre deja de ser el centro absoluto del universo para supeditarse en mayor o menor grado a otras realidades. Paralelo al desarrollo que poco a poco desnuda al hombre de sus atributos tradicionales —substancialidad esencia y razón— se le va privando de su preeminencia cosmológica y ética, hasta tal punto que en el siglo XIX se le niega aún la conciencia moral. Esta se convierte, bajo el cientifismo crudo del positivismo, en una mera ilusión reducible a los instintos interpretados mecánicamente. Lo inadecuado de tal concepción humanística engendra una reacción adversa en el pensamiento europeo, aunque no un retorno completo al humanismo clásico. Este es el momento de crisis y reacción anticientifista en que se inicia el siglo xx en la América latina. Inspirados especialmente por el perspectivismo de Ortega y Gasset y, más tarde, por la corriente existencialista, los filósofos latinoamericanos, al igual que los europeos, se vuelven de nuevo hacia el hombre para reconstituirlo como centro y medida del universo, pero ya no en un sentido absoluto. El regreso a la cosmogonía griega y su ética esencialista es imposible debido a los descubrimientos científicos y filosóficos del siglo pasado y primera mitad del presente. El hombre se convierte, entonces, solamente en el centro relativo del universo; no es el hombre universal que juzga el cosmos, sino el hombre concreto e histórico que se construye su mundo. De centro esencial pasa a ser, en los humanismos contemporáneos más radicales, la condición trascendental de todo. Su centralidad, por lo tanto, es relativa al individuo y eminentemente subjetiva.

111. ANTROPOLOGIA POSITIVISTA

El pensamiento antropológico latinoamericano se inaugura en el siglo xx dentro de un clima cientifista, el llamado positivismo, que no es sino la denominación común de una actitud filosófica inspirada en elementos tan heterogéneos como el naturalismo evolucionista de Spencer, el positivismo de Comte y el utilitarismo de J. S. Mill, entre otros. La unidad de este positivismo latinoamericano, por lo tanto, es más de perspectiva que de contenido, reduciéndose en última instancia a una actitud que exalta el valor explicativo de la ciencia en detrimento de toda metafísica o disciplina teórica. Todo conocimiento genuino se ha de basar en la experiencia empírica y no en la especulación. Como resultado, el problema del hombre se reduce, dentro de esta perspectiva, al estudio de los fenómenos psíquicos, y la antropología se convierte en psicología empírica asociacionista o biológica.
Hay que notar, por otro lado, la perspicacia filosófica del positivismo al darse cuenta de la importancia fundamental del problema ontológico del hombre. Todo positivista comienza por plantearse el problema de la existencia del yo, problema que resuelve, sin embargo, negativamente en términos fenoménicos. Para el positivista, el yo deja de ser algo existente y substancial para convertirse en un haz de fenómenos que, por su interrelación, coordinación y sucesión, nos dan la ilusión de pertenecer a algo que los sustenta. Este fenomenalismo empirista se usa también para explicar el dualismo de la experiencia humana —sujeto-objeto, mente-cuerpo— que se resuelve, desde esa perspectiva, manteniendo un paralelismo entre estos fenómenos considerados como correlativos, pero irreducibles (Varona), o aceptando un monismo bio-mecanicista en que la dualidad fenomenal se reduce a la unidad real de un substrato enérgico común (Ingenieros).

ENRIQUE JOSÉ VARONA (1849-1933)
Varona acepta por completo los principios directivos del positivismo. Tanto en «La evolución psicológica» (1879) como en el Curso de psicología (1905) aplica con todo rigor el empirismo fenomenalista al hombre.  
«La psicología —nos dice en el último texto— estudia los fenómenos mentales.» Todo «cuanto puede ser objeto de nuestra experiencia se llama fenómeno», pero entre éstos hay algunos que por su inmediatez se distinguen de otros más lejanos. Mientras que «veo el movimiento que ejecuta el brazo de otra persona, veo y siento el movimiento que ejecuta mi brazo». Estos últimos fenómenos, que tengo sólo a través de la experiencia que se verifica en mi cuerpo, constituyen los fenómenos mentales. Los otros se llaman objetivos. La psicología, por lo tanto, se encarga de estudiar los primeros y las demás ciencias, los segundos.
Esta diferencia entre el fenómeno mental y el objetivo lleva a Varona a formular un paralelismo fenomenalista: Es un error reducir lo mental a lo fisiológico, como intentaba la psicología celular de Haeckel, o lo fisiológico a lo mental, como proponían las escuelas filosóficas espiritualistas. El dato ineludible es que hay dos aspectos fenomenales irreducibles que tienen lugar en nuestro cuerpo.
¿Cómo interpretar entonces la unidad del yo? ¿Qué realidad tienen el sujeto y la conciencia? ¿Cómo se explican las características que se le atribuyen tradicionalmente a la persona individual: autonomía, identidad, permanencia, simplicidad, etc.? Según Varona, la conciencia no es más que una colección de fenómenos mentales que nos da «la experiencia inmediata en su forma más clara 3». Este caleidoscopio de caprichosas combinaciones fenomenales se nos presenta, sin embargo, con cierta unidad y coordinación gracias a su interacción con el medio que lo rodea. Su unidad es la que tiene un organismo cuando cumple la ley más general del ser: «Retener lo provechoso y  repeler lo dañoso con el menor esfuerzo 4». Estrictamente hablando, entonces, el yo, como entidad separada, no existe.

JOSÉ INGENIEROS (1877-1925)

El paralelismo varoniano se convierte, desde el punto de vista más cientifista de Ingenieros, en un reduccionismo biológico. En sus Principios de psicología (ed. definitiva 1919), Ingenieros subordina la ciencia psicológica a la biológica y ésta a las físico-químicas. Paralelamente, interpreta la función consciente como un tipo particular de función biológica y la biológica como un tipo particular de las funciones puramente mecánicas del mundo inorgánico.
La diferencia entre estos niveles funcionales es cuantitativa y extrínseca a los fenómenos que los constituyen. Está basada en las leyes más generales de un fondo energético común que constituye toda la realidad. La característica que distingue al fenómeno consciente del puramente biológico, por consiguiente, se deriva por completo de su relación con otros fenómenos: «En todo ser vivo, el grado de conciencia que acompaña a una sensación recibida depende de la cantidad de las impresiones anteriormente fijadas por la memoria y sistematizadas en tendencias o en hábitos. A un máximum de experiencia corresponde la posibilidad de un máximum de conciencia.»
Dentro de este esquema psicológico el yo individual o personalidad consciente es equivalente a la experiencia psíquica acumulada hasta un momento dado, es decir, a «la suma de experiencia común a cada especie y particular a cada individuo» 6. Como Varona, Ingenieros le niega toda realidad ontológica al yo, pero yendo más lejos aún lo reduce a «la abstracción de una cualidad común a ciertos• fenómenos biológicos en determinadas condiciones» 7.
 Tanto Varona como Ingenieros comienzan la investigación del hombre con la cuestión fundamental —su condición ontológica—, pero sus respuestas ocluyen toda posibilidad de proseguir la investigación en las áreas metafísica y epistemo-lógica. Si el hombre como yo individual no es nada, es superfluo hablar de su esencia o de la definición e interpretación de ésta. Ambos intentan, sin embargo, una solución al problema cosmo-ético, pero fallan lamentablemente. Los supuestos antropológicos positivistas no permiten la construcción de una ética normativa. Si el hombre no es más que una colección de fenómenos ordenados estrictamente de acuerdo con leyes absolutamente determinadas, su libertad es una ilusión y la ética se convierte en ciencia puramente descriptiva. Ingenieros comprende y acepta explícitamente las consecuencias de su doctrina psicológica: «El término elegir está mal empleado y contiene el falso sobreentendido de una entidad que elige: la pretendida elección es, simplemente, una selección natural entre las diversas posibilidades, en el sentido más propicio a la conservación de la vida y según el menor esfuerzo.' 

IV. ANTROPOLOGIA VITALISTA
Estas implicaciones, funestas para la ética, son las que engendran la reacción antipositivista en la América latina. Un grupo de pensadores inspirados principalmente en Bergson comienza a atacar los supuestos del positivismo que destruyen la libertad humana. La preocupación por el problema de la libertad se inicia muy temprano en el siglo xx. Vaz Ferreira comienza a escribir su libro sobre el • tema (Los problemas de la libertad) en 1903 y lo publica incompleto en 1907. Las primeras críticas acervas las hacen, sin embargo, Alejandro O. Deustua en el Perú y Antonio Caso en México. A éstos siguen Enrique Molina, Alejandro Korn y otros.

Deustua arguye convincentemente en su tratado sobre Las ideas de orden y de libertad en la historia del pensamiento humano (1917-22) que la idea del orden, base del determinismo positivista, es lógicamente posterior a la idea de la libertad y que las dos son necesarias para explicar la historia intelectual del hombre. Para todo cambio de orden es necesaria la libertad y, por consiguiente, el orden está subordinado a ella.
Habiéndose explicitado las limitaciones éticas del positivismo, el pensamiento latinoamericano queda libre para explorar nuevos horizontes -filosóficos. En antropología se abandona la preocupación por la condición ontológica de la mente, base de la psicología positivista, para investigar el problema epistemo-lógico del hombre, su definición específica e interpretación. Los pensadores que sientan las bases de la nueva antropología son principalmente Caso y Vasconcelos en México y Farias Brito en el Brasil.
ANTONIO CASO (1883-1946)
La filosofía del hombre de Caso, según la expone en La existencia como economía, como desinterés y como caridad (1919), se puede caracterizar como un personalismo. Lo que distingue al hombre del resto de los seres del universo es la persona. El mundo físico está constituido por cosas, seres sin unidad, eminentemente divisibles. Los individuos forman el mundo orgánico, un grado entitativo superior a la cosa caracterizado por la indivisibilidad, pero todavía inferior al hombre. Es sólo en el último que aparece en la naturaleza el grado superior del espíritu, la persona. Gracias a ella el individuo adquiere los caracteres de unidad, identidad y continuidad substanciales y se convierte propiamente en hombre. La persona realiza por completo la esencia humana como creadora de valores: «Lo propio del hombre es realizar sucesivamente su esencia, y la esencia de nuestra estirpe es la personalidad creadora de valores.»9
Pero el hombre es también individuo. Este dualismo individuo persona crea el conflicto moral. El individuo es egoísta, interesado en su propia supervivencia biológica y bienestar. La ley que rige su existencia es esencialmente económica: «vida=máximum de provecho con mínimum de esfuerzo» [1]. La persona, por el contrario, existe hacia afuera, tiende a desligarse del interés biológico, escogiendo libremente la ética del desinterés y la caridad. A la ley de la vida opone la del «sacrificio=máximum de esfuerzo con mínimum de provecho» 11. La expresión máxima de esta actividad libre y desinteresada es el arte.

JOSÉ VASCONCELOS (1882-1959)

La trilogía casiana «cosa - individuo - persona» se presenta como «onda cuántica-molécula-célula-persona» en la Todología (1952) de Vasconcelos. Su significado es completamente diferente, sin embargo. Cada uno de estos elementos representa, en el monismo estético de Vasconcleos, una etapa diferente en la lucha continua del Cosmos por mantener su existencia y contener la tendencia a la disolución y dispersión presente en todo ser. La onda cuántica es la primera estructura elemental que contiene el proceso antropológico de disolución universal. La molécula es el segundo esfuerzo cósmico por contener su desintegración. El tercero y cuarto los constituyen sucesivamente la célula y la persona humana. En la última se da el grado máximo de coordinación de lo heterogéneo: la conciencia. Gracias a ésta el hombre refleja y une en sí la multiplicidad heterogénea del universo, convirtiéndose en un verdadero microcosmos.
Y «Yo», «conciencia», «alma» son términos equivalentes para Vasconcelos. La naturaleza de la realidad que representan nos es conocida gracias a su actividad coordinadora, pero su ser «es un abismo insondable» 12. Bajo el escrutinio del análisis se nos escapa siempre. Sólo la conocemos por sus efectos.
Tanto Caso como Vasconcelos se preocupan principalmente por la caracterización del hombre en el universo y ambos señalan la personalidad como el elemento constitutivo esencial de lo humano. Para Caso la persona es un centro de actividad libre y desinteresada. Vasconcelos la identifica con la conciencia y la caracteriza como el elemento coordinador del Cosmos. Ambos pensadores, por consiguiente, descuidan hasta cierto punto los problemas ontológico y metafísico del hombre, cosa que no ocurre con Farias Brito, aunque el último los antecede cronológicamente.
RAIMUNDO DE FARIAS BRITO (1862-1917)
Como en Vasconcelos, la antropología filosófica de Farias Brito constituye sólo un capítulo de un vasto sistema filosófico. Ambos describen la realidad en términos monistas, aunque difieren en el carácter del principio que la constituye. Para Vasconcelos es un fundamento energético que busca pluralizarse armónicamente en un esfuerzo creativo inherente a su naturaleza. Se manifiesta en el átomo u onda cuántica, la molécula, la célula, y en la conciencia personal como voluntad, intelecto y sentimiento. Para Farias Brito, por el contrario, el principio metafísico constitutivo del cosmos es intelectual. Dios, origen de todo, es un pensamiento vivo y el universo su contenido, como nos explica en O mundo interior (1914).
 Dentro de este sistema, el hombre queda reducido a su dimensión espiritual. El hombre es su alma y su alma es una idea. El cuerpo, por el contrario, no es nada ya que lo material no existe. El problema de la relación entre alma y cuerpo o de la autonomía psicológica del hombre con respecto a su fisiología carece de sentido, por consiguiente. El cuerpo es, en fin de cuentas, producto del alma, la cual lo usa como instrumento.
Tampoco deja lugar Farias Brito para la voluntad personal. La inteligencia, que constituye la naturaleza misma del hombre, lo reconcilia con su origen. La voluntad, por el contrario, producto como es de sus limitaciones, lo enajena del resto del universo, encaminándolo hacia la búsqueda egoísta de su propio bienestar.

V. ANTROPOLOGIA ESPIRITUALISTA

Una vez rota la hegemonía filosófica positivista gracias a la labor de Deustua, Korn, Caso, Vasconcelos y Farias Brito entre otros, el estudio y adopción de nuevas tendencias filosóficas europeas resulta cosa fácil. En 1916 viene Ortega y Gasset a la América latina por primera vez y con él llega el pensamiento germano contemporáneo. La generación de pensadores que sigue a los «fundadores» se inspira en él y sus mentores: Husserl, Dilthey, Scheler y Hartmann principalmente.
El movimiento de renovación filosófica se inicia con pensadores como Samuel Ramos en México y Francisco Romero en la Argentina. Les Siguen Risieri Frondizi y Francisco Miró Quesada, entre otros. En el tema del hombre, Ramos y Romero se preocupan principalmente por la caracterización del hombre en el universo, aunque prestan alguna atención al problema ontológico. Frondizi y Miró Quesada se desarrollan en diferentes direcciones. El primero es el único pensador de esta generación que se plantea en detalle la cuestión ontológica. Miró investiga la cuestión metafísica desde una perspectiva epistémica.
SAMUEL RAMOS (1897-1959)
Ramos presenta su programa de antropología filosófica en Hacia un nuevo humanismo (1940). Su «aspiración es obtener una idea del hombre como totalidad» [2]. Siguiendo a Scheler, rechaza las perspectivas filosóficas que a lo largo de la historia de la filosofía han concebido al hombre parcialmente como razón, voluntad, sentimiento o instinto. Para entender al hombre hay que estudiarlo en su totalidad compleja.
Tomando de Ortega y Gasset la división vitalidad-alma-espíritu, Ramos ve al hombre como una unidad integral de varias capas ontológicas ordenadas jerárquicamente. La capa más baja, la vitalidad, está formada por el conjunto de todas las sensaciones internas. Más adentro está la zona de los sentimientos o alma. Finalmente, en el centro mismo del ser humano se encuentra su espíritu, integrado por


la voluntad y el pensamiento. El alma constituye el sujeto y su mundo privado de individualidad. El espíritu, por el contrario, es objetivo y se manifiesta como persona cuando actúa, piensa o siente con plena libertad. En su dimensión personal el hombre cobra conciencia del Aralor y se constituye a sí mismo en valor. Esto confirma su naturaleza teleológica: «el hombre es un ser que persigue fines valiosos» 14
 Ramos hereda de Caso la noción de que lo humano está esencialmente relacionado con lo axiológico, pero difiere del maestro en la identificación que hace el primero entre la persona y lo humano. El ýo individual, a juicio de Ramos, es también esencialmente humano, aunque el hombre no se realiza por completo hasta que adquiere personalidad. En esto su posición se asemeja a la que formularía brillantemente Romero más tarde en su Teoría del hombre (1952).
FRANCISCO ROMERO (1989-1960)
Según Romero, «la dualidad es el hecho constituyente del hombre pleno» 15. Los elementos de esta dualidad son la intencionalidad y el espíritu. El primero es ya por sí un elemento humano, aunque los animales poseen un rudimento de intencionalidad. Pero el hombre la posee plena y esencialmente. Su «conciencia se organiza como una estructura diferenciada en la cual existe un polo subjetivo que capta objetos y se proyecta activamente sobre ellos» 16. Este polo subjetivo es el yo individual que, a juicio de Romero, separa al hombre del psiquismo preintencional característico de los animales.
Pero el hombre intencional o yo no es el hombre pleno, Es sólo un «mero hombre». Su humanidad se completa con un segundo elemento: el espíritu. Estructuralmente no hay diferencia entre el hombre intencional y el espiritual. Ambos son hombres y ambos están fundamentados en el par yo-mundo. La diferencia es de dirección. En el primero la dirección es subjetiva, hacia el yo; en el segundo, objetiva. El acto puramente • intencional retorna siempre al sujeto; el acto espiritual termina en el objeto.
El hombre intencional forma parte de la naturaleza y se conduce de acuerdo con sus leyes. El hombre espiritual, por el contrario, no es un ente natural. La dirección hacia lo otro marca su rompi-miento con la naturaleza, dándole la libertad de acción que lo constituye en ente axiológico.
La base metafísica del hombre, como de toda la realidad, la encuentra Romero en la trascendencia. La realidad está formada por cuatro órdenes: lo inorgánico, lo orgánico, la intencionalidad y el espíritu. Cada uno de éstos se basa en el que le precede y fundamenta el que le sigue. Cada uno trasciende su precedente y es trascendido a su vez por su secuente. El hombre, por lo tanto, consiste en una doble trascendencia: como yo intencional trasciende hacia el objeto al que relaciona consigo mismo y como espíritu trasciende hacia el objeto descansando en él. El grado más alto de trascendencia es el espíritu.
La teoría del hombre de Romero es profunda y fructífera. Sin embargo, descuida un problema fundamental de la cuestión humana: la condición ontológica. En el mismo año y colección editorial que Romero publica su obra sale también la Substancia y función en el problema del yo de R. Frondizi, obra consagrada precisamente al estudio de tal problema,
RISIERI FRONDIZI (1910)
Frondizi rechaza las dos soluciones tradicionales al problema de la existencia y naturaleza del yo: la substancialista, que lo hipostatiza en una entidad transempírica, y la atomista, que lo disuelve en una colección de vivencias.
El error básico del substancialismo tradicional originado en Descartes es suponer que toda actividad requiere un sujeto. De ahí que concluyera que el pensar supone algo que piensa. Por otro lado, el error del atomismo empírico de origen humeano tiene por causa lo que Frondizi llama el «sofisma de la reducción»: el postulado metafísico que busca reducir los conjuntos a la realidad de sus elementos. El resultado de ambas perspectivas es desastroso: la substancialista crea una entidad mientras que la atomista destruye el yo.
La solución está, para Frondizi, en el concepto de estructura (Gestalt). El yo es la unidad orgánica de las vivencias consideradas como un todo. Las características de inmutabilidad, simplicidad e independencia, que el substancialismo fundamentaba en una entidad transempírica, se convierten en mutabilidad, complejidad y dependencia. Pero al mismo tiempo se evita la reducción atomista del yo a sus componentes. Como unidad estructural, el yo depende de los miembros de su estructura, las vivencias, pero no es reducible a ellas. Gracias a esto es permanente y uno, a pesar de ser mutable y complejo.

ÞRANCISCO MIRó QUESADA (1918)

Para Miró Quesada la cuestión básica de la antropología filosófica es la metafísica, que enfoca en El hombre sin teoría (1959) desde una perspectiva epistemológica: el problema no es la condición de la esencia humana, sino la posibilidad de formular una teoría apropiada sobre ella.
Por un lado, es un hecho de la existencia que el hombre no puede vivir sin teoría y que toda teoría sobre el mundo que lo rodea implica una teoría sobre el hombre mismo. Por otro lado, el hombre es una realidad tan compleja que toda teoría sobre sí mismo está destinada al fracaso inevitable. ¿Qué hacer entonces? Una solución es desechar a modificar teorías inaceptables en favor de teorías más verídicas. Pero este procedimiento es insatisfactorio ya que «hagamos lo que hagamos, nuestra teoría sobre nosotros mismos tendrá que terminar como las otras» 17. El único camino, entonces, es la renuncia a teorizar sobre el hombre. ¿Pero no es esto imposible? ¿No es la teoría necesaria a nuestra vida práctica y aun implícita en nuestro lenguaje?
No necesariamente a juicio de Miró Quesada. Es verdad que el hombre no puede prescindir de la teoría implícita en su lenguaje, pero esta teoría es diferente de la teoría científico-filosófica que elabora el hombre sobre el mundo, la vida y el destino. La primera es primitiva, espontánea, colectiva y prácticamente inconsciente. La segunda, por el contrario, es creada con fines específicos de conocimiento. Es esta última la que debemos abandonar para prestar atención a los hechos, pues las teorías científico-filosóficas dividen a los hombres artificialmente. El verdadero humanismo ha de fundamentarse- no en teoría sino en hechos.

VI, ANTROPOLOGIAS EXISTENCIALISTA Y MARXISTA

El impacto del existencialismo se deja sentir en la América latina a partir de la década del 30. Su influencia es extensa, pero pocos pensadores lo adoptan integralmente. Entre los últimos los más destacados son Carlos Astrada de Argentina y Vicente Ferreira da Silva de Brasil. En la obra del primero se dejan ver las huellas de Ser y tiempo
F. Miró Quesada, Él hombre sin teoría, Lima, Universidad Mayor de San Marcos, 1959, 24.
hasta más O menos 1950, cuando abandona la perspectiva heideggeriana y adopta la marxista. Ferreira da Silva se inspira principalmente en el último Heidegger. Ambos estudian en particular el problema metafísico de la esencia del hombre.
CARLOS ASTRADA (1894-1970)
En La revolución existencialista (1952) Astrada identifica la esencia del hombre con su humanidad histórica. El error de Heidegger consiste, a su juicio, en la ambigüedad latente en su pensamiento, que se debate entre la vieja objetividad ontológica y una trascendencia existencial-histórica.

El hombre, propiamente, no es nada determinado. Su esencia se identifica con su existencia temporal y, por lo tanto, es más una posibilidad que una realidad dada: «El hombre nunca es, en el sentido de algo concluso y vaciado en el molde ideal de la meta que se propuso alcanzar, sino un eterno llegar a ser suspenso en el esfuerzo en que se proyecta hacia concreciones históricas...» Su misión y naturaleza, nos dice Astrada en terminología orteguiana, es dramática. Se puede remodelar y cambiar porque no es nada definitivo. El hombre no depende de su 'idea, sino que la idea depende del hombre.
Una vez entendida la humanidad como mera posibilidad, el hombre puede desarrollarse libre de limitaciones impuestas por verdades y esencias eternas. Esta es la base del verdadero humanismo centrado en la mismidad del hombre existente. Como en Marx, en quien Astrada se inspira, la única limitación que se impone al hombre la constituye su existencia concreta. Esto no lo condena, sin embargo, al subjetivismo, pues la objetividad del hombre está dada en su historia.

VICENTE FERREIRA DA SILVA (1916-1963)

Este objetivismo histórico característico del marxismo y adoptado por Astrada es precisamente el peor tipo de subjetivismo de acuerdo con Ferreira da Silva. En el artículo «Idéias para um nôvo conceito do homem» (1951) critica a Hegel y Marx por su concepción subjetivista del hombre y la realidad: tanto Hegel como Marx son defensores de la auto-representación del hombre y de la fuerza productiva de la sustancia finita; tanto Hegel como Marx defienden la tesis oriunda de la metafísica de la subjetividad que concibe toda objetividad como un producto de la indefinida fuerza de manipulación del hombre; tanto para Hegel como para Marx, la historia del hombre es la historia del trabajo» 19
Ferreira da Silva se aprovecha de la ambigüedad presente en el pensamiento de Heidegger señalada por Astrada para subordinar el hombre al Ser. Acepta que el hombre es siempre más que una cosa puesto que es la condición trascendental del• ser-cosa. No es un ente dado entre otros entes, sino la condición de todo ente presente, careciendo como resultado de esencia. Su esencia es simplemente su existir y, por lo tanto, lo que el hombre es depende de sus decisiones históricas. Pero esto no implica que el sujeto finito constituya su único factor omnideterminante. La esfera de decisiones humanas que determinan la esencia concreta del hombre forma parte de una esfera superior de decisiones posibles perteneciente al Ser. El hombre está supeditado a una realidad objetiva superior a sí mismo. Y esta realidad no está incondicionalmente vinculada al hombre: «a pesar de la solidaridad preferencial del Ser por el principio humano en la presente época del Ser, no podemos afirmar la universalidad y unidad de este. parentesco» 20
 La solución al subjetivismo antropológico de origen hegeliano no es el objetivismo histórico de Marx, sino la vuelta a lo sagrado.

VII. ANTROPOLOGIA NEOESCOLASTICA

Una de las corrientes filosóficas más vigorosas en la América latina del siglo xx es la neoescolástica. El escolasticismo colonial nunca muere del todo, aunque mantiene sólo una existencia precaria durante el período de hegemonía positivista. Su recuperación comienza a partir de la segunda década del siglo xx, cuando llegan al continente los frutos del pujante movimiento neoescolástico europeo encabezado por Maritain, Garrigou-Lagrange, Gilson y otros. La orientación dominante del• movimiento es tomista y sus principales expositores son Octavio N. Derisi en la Argentina, Oswaldo Robles en México
y Alceu Amoroso Lima en Brasil, entre otros.
 El neoescolasticismo es una de las pocas corrientes filosóficas latinoamericanas que explora la cuestión antropológica en sus cuatro
 V. Ferreira da Silva, «Idéias para um nôvo conceito do homem». En Obras comptetas, vol. I, São Paulo, Instituto Brasileiro de Filosofía, 1964, p. 270. Ibid., 267.
aspectos fundamentales: ontológico, metafísico, epistemo-lógico y cosmo-ético. La originalidad de las soluciones que ofrece está limitada, sin embargo, por los principios filosóficos tomistas en que se inspira. Solamente en la defensa de la perspectiva, no en las soluciones mismas, nos encontramos con alguna originalidad. Este es el caso de Amoroso Lima y su defensa de la esencia humana.

ALCEU AMOROSO LIMA (1893)

El error fundamental del humanismo contemporáneo, según explica Amoroso en Idade, sexo e tempo (1938), consiste en confundir la condición accidental del hombre con su esencia. El humanismo cristiano, por el contrario, concibe al hombre en su dimensión eterna. Esto no implica que descuide al hombre histórico o moderno. Al concebir al hombre en su aspecto esencial, el humanismo cristiano es capaz de entender más profundamente al hombre en su condición moderna e historicidad. Lo eterno no está opuesto a lo moderno; es solamente superior. El hombre eterno no anula o destruye al moderno, sino que lo completa y explica. El verdadero humanismo, por consiguiente, debe utilizar como modelo la esencia eterna del hombre y no su condición pasajera en la historia.
En O problema do trabalho (1946) Amoroso discute dos aspectos esenciales del hombre: el individuo y la persona. Ambos dependen del trabajo, pues el hombre «vive en el trabajo, del trabajo y para el trabajo» 21. En la medida en que trabaje para sí o para otro, el hombre se hace más individuo o persona. La última realiza por completo su esencia eterna: «El hombre es tanto más hombre cuanta más personalidad tiene.» 22
 9.